Los Lavaderos III

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    Pasado y presente se dan la mano en Los Lavaderos. Desde 1982, este emblemático lugar acoge muestras de arte. Sin embargo, sus piletas, nos transportan a un pasado no tan lejano, en el que mujeres humildes y sacrificadas pasaban horas allí, tratando de sacarle el color original a la ropa, frotándola con sus manos y contra la piedra de lavar y con la única ayuda de una pastilla de jabón inglés y el agua clara que manaba de los chorros. Las paredes que ocultan los lavaderos públicos del barrio del mismo nombre de Santa Cruz son testigos mudos del sacrificio y trabajo de muchas mujeres humildes de la ciudad que acudían cada día a hacer la colada. Pero también son testigos de las risas y juegos de los niños, del coqueteo de los jóvenes que se acercaban hasta allí para cortejar a las muchachas. No había radio, ni periódicos, ni televisión, pero ni falta que hacía. Todo lo que ocurría en la ciudad se conocía allí al instante. El boca a boca funcionaba de maravilla. Con el tiempo, llegó el agua a las viviendas, las primeras lavadoras, detergentes de todo tipo y con distintas cualidades y los lavaderos públicos dejaron de tener sentido. Eso fue no hace tanto, allá por 1975. Después, las autoridades decidieron convertir las instalaciones en sala de arte. Para la inauguración se trajo una muestra de la obra del pintor Pablo Picasso.

    Hasta los primeros años del siglo XIX, el lugar escogido por las lavanderas de Santa Cruz para llevar a cabo su cometido era el Valle del Bufadero, según manifiesta el historiador Alberto Darias Príncipe en el libro Ciudad, Arquitectura y Memoria Histórica, 1.500-1981. Allí, el Ayuntamiento contaba con una dula de agua que permitía su utilización desde las cuatro de la tarde del sábado hasta la misma hora del lunes. Sin embargo, la deficiente salubridad obligó, en 1820, a prohibir que se lavara la ropa en charcas, planteándose como alternativa la edificación de un lavadero.

    Según Darias Príncipe, el consistorio optó primero por un lugar ubicado en el extremo de la calle del Pilar, pero la Junta de Aguas solicitó, en 1838, que se eligiera otra zona. Se buscaba un sitio aislado y con ventilación. Se escogió, entonces, un solar de la familia Grandy, cercano al barranco de Almeida y al final de la calle canales Bajas (Doctor Guigou) porque gozaba de una situación privilegiada y estaba fuera del casco de la ciudad. Las obras comenzaron en 1839, pero fueron paralizadas un año después por la escasez de madera. Finalmente, el edificio se terminó y entregó al Ayuntamiento en enero de 1842 . Pocos meses después, las instalaciones se abrieron al público.

    El inmueble tiene planta cuadrada, conformada con cuatro crujías. En el espacio interior, donde en un principio había un patio, se construyó un depósito permanente de agua, cubierto años después a modo de aljibe. Adosadas a la pared, se construyeron 60 pilas de lavar, de las que hoy en día se conservan en el edificio 58. Las dos que faltan se conservan en dependencias municipales, según manifiesta Marina Cabrera, la encargada de cuidar dichas instalaciones actualmente. En uno de los lados se alzaba el habitáculo para el tendedero. Las piedras eran alquiladas a las lavanderas por una pequeña cantidad de dinero, en la que se incluía el precio del agua que utilizaban.

    Espacio para el arte
    En 1900, el edificio estaba muy deteriorado y muchas lavanderas volvieron al barranco y la construcción quedó abandonada, según la versión de Darias Príncipe. Sin embargo, Marina Cabrera asegura que las piletas se usaron hasta el año 1975. Posteriormente, se recuperó este espacio para la creación y se constituyó como sede de actividades culturales del barrio de Los Lavaderos y sala de exposiciones.

    Marina Cabrera mantiene vivo en su recuerdo algunos de los momentos vividos entre aquellas cuatro paredes cuando aún era una niña. Recuerda cómo muchas lavanderas traían cestas de ropa sucia perteneciente a personas pudientes, que vivían en pino de Oro o los Hotelitos, para lavarla y plancharla a cambio de un pequeño jornal. También se desplazaban al muelle para recoger la ropa sucia de los marineros y devolvérsela días después, bien limpia y almidonada. Sonia Ramona, Mercedes la Rubia, Aurea, María Leopoldo, Pepa Armas Jesús Déniz, son sólo algunas de las lavanderas que Marina recuerda haber visto restregando la ropa sucia contra las pilas de Los Lavaderos.

    Marina recuerda que en aquellos tiempos no había la variedad de detergentes, lejías y suavizantes que hay en la actualidad. Las señoras usaban sólo jabón inglés y la fuerza de sus manos contra la piedra para sacarle el color a la ropa. El agua que se utilizaba para lavar la ropa se aprovechaba después para regar los cultivos de las fincas aledañas a los lavaderos públicos, según relata Marina, que señala que en este lugar también había un chorro al que todo el mundo iba a coger agua, ya que, en aquellos tiempos, las viviendas no tenían agua corriente.

    Muchas mujeres llevaban a sus hijos los lavaderos públicos. Éstos jugaban mientras sus madres hacían la colada. Al terminar de lavar la ropa, las lavanderas cogían a sus vástagos, los bañaban en las piletas y les ponían ropa limpia. Marina recuerda la felicidad que representaba para los pequeños este momento del baño. “Las piedras eran para nosotros como hoy en día las piscinas para los niños”, asegura, mientras evoca cómo le gustaba venir a los lavaderos para encontrarse con las personas mayores. En el recreo o después del colegio, se escapaba hasta el lugar y se ponía a jugar y hacer collares con hojas de laurel.

    Comer en los lavaderos
    Las mujeres se ponían de acuerdo de un día para otro para coincidir en los lavaderos, dice Marina. “Aquí se pasaban todo el día. Incluso, preparaban la comida y almorzaban todas juntas”. “Una traía las papas, y otra el aceite y hacían la comida en una pequeña cocinilla de petróleo que traían”, rememora Marina, que también recuerda cómo la mandaban a ella, siendo muy pequeñita, a una cantina que había en el Camino de las Marañuelas, a buscar una botella de vino que costaba una perra.

    Marina dice que de pequeña era muy canija y comía muy mal. Sin embargo, recuerda como le sabía la cucharadita de gofio que las lavanderas le daban allí. “Mi madre se enfadaba conmigo porque luego dejaba en el plato la comida que ella me ponía”, recuerda y añade “pero me gustaba tanto aquel gofio”.

    Las lavanderas usaban unas faldas negras largas y sobre ellas un pantalón de hombre amarrado a la cintura, a modo de delantal para no mojarse la barriga. Marina no puede evitar la sonrisa cuando recuerda a Pepito y Leopoldo Armas y a Tomás Ramos, jóvenes en aquellos tiempos, que se acercaban a los lavaderos a contarles historias a las mujeres y jugar y cortejarlas. Corrían detrás de ellas y les tocaban los tobillos, luego ellas corrían detrás de ellos a pegarles con la ropa. “Eran otros tiempos”, dice.

    En aquellos tiempos no había radio, ni televisión, ni periódicos, “pero no hacía falta. Aquí se sabía todo lo que pasaba en Santa Cruz” , dice Marina Cabrera.

    Han pasado los años y los vecinos de Los Lavaderos no quieren que parte de su historia quede en el olvido. Por esa razón, en el año 2004, decidieron rendir homenaje a estas mujeres una vez al año y, coincidiendo con las fiestas patronales del Barrio en honor a Nuestra Señora de Fátima, rememorar la labor que realizaban aquellas lavanderas. Sólo para esa ocasión, de los chorros de los lavaderos vuelve a manar agua cristalina y señoras ataviadas con la ropa tradicional de las lavanderas escenifican lo que permanece en el recuerdo de aquellas viejas piletas y de las personas de cierta edad. También es una forma de dar a conocer a los más jóvenes, los que siempre han tenido agua corriente y lavadora en casa, el duro trabajo que hacían estas mujeres para que sus familias y las de otros pudieran llevar la ropa limpia.

    Con el paso del tiempo han llegado los cambios. Muchos han contribuido a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, pero no por ello se debe olvidar un pasado de mucho trabajo esfuerzo y sacrificio, sí, pero también lleno de momentos felices como los que se desprenden de la cara de Marina Cabrera cuando habla de su infancia.

    Vuelven las lavanderas
    En el año 2004, el barrio de Los Lavadores tuvo la iniciativa de celebrar un acto de homenaje a aquellas mujeres humildes y sacrificadas que acudían cada día con sus cestas de ropa sucia a los lavaderos públicos para hacer la colada. El acto se celebra todos los años coincidiendo con las fiestas patronales del barrio en honor a Nuestra Señora de Fátima. La ceremonia consiste básicamente en una concentración de lavanderas, ataviadas al estilo de la época, en la santacrucera Rambla de las Tinajas y una exhibición de lavado a mano. Este acto se repetirá hoy nuevamente. La cita es a partir de las 18:30 horas.

    Declarar al barrio conjunto histórico
    Recientemente, el partido Alternativa Sí Se ha denunciado una operación urbanística del Ayuntamiento de Santa Cruz en el barrio de Los Lavaderos y ha abogado por la declaración de este barrio como conjunto histórico. Esta plataforma de izquierdas asegura que, con dinero público, se pretende desplazar a los vecinos de Los Lavaderos realojándolos en viviendas de protección oficial en la nueva unidad de actuación que se desarrollara en la zona de Las Mesetas, enfrente del histórico barrio santacrucero. Si Se Puede señala que con la actual propuesta del Plan General se pretende “una de las más deleznables operaciones” urbanísticas conocidas en el municipio.

    Según denuncia Sí se puede, la operación dejaría al histórico barrio sin sus vecinos para derribar las pequeñas casas y a continuación, construir nuevas edificaciones dentro del denominado Plan Especial de Los Lavaderos. La nueva obra contará con viviendas similares a las del entorno al Hotel Mencey, eliminando los valores patrimoniales e históricos del barrio, en el que buena parte de la ciudad iba a lavar la ropa y que se ha mantenido a pesar del crecimiento urbano. El portavoz local de Sí Se Puede, Pedro Fernández Arcila, informa que “es esencial garantizar el derecho de los vecinos a vivir en su barrio y además debe considerarse que Los Lavaderos guarda valores patrimoniales destacados que deben ser catalogados, debiendo reconocerse que el conjunto urbano tiene una importancia histórica de primer orden que obligan a declararlo como Conjunto Histórico.

    Arcila insiste en la necesidad de respetar los elementos edificatorios, alineaciones y rasantes. En su opinión, “la política municipal debe orientarse hacia el interés público de la rehabilitación, conservación y mejora de la calidad urbana del barrio y de sus habitantes.

    Del Artículo “Unas piletas con mucha historia”, Victoria Cabrera, La Opinión 10/12/2009.

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